Evaluación del dolor crónico
Recientemente, se ha observado un gran interés por un nuevo desarrollo en el ámbito de las ciencias de la salud: la algología o disciplina encargada del estudio y control del dolor. A pesar de la elevada prevalencia del dolor y de su existencia desde el comienzo de los tiempos, el nacimiento oficial de esta joven disciplina puede situarse en el año 1953 con la publicación de John Bonica, jefe del Departamento de anestesiología de la Universidad de Washington, The management of pain (Bonica, 1953). Creador de las primeras unidades de dolor, fue pionero en considerar el dolor que padecían muchos de sus pacientes como una enfermedad en sí misma más que como un síntoma de algún proceso patológico subyacente. Durante años, estas primeras clínicas del dolor fueron atendidas por anestesiólogos, neurocirujanos e incluso, a veces, ortopedistas. Una excepción la constituían las denominadas “clínicas del dolor de cabeza” asistidas generalmente por neurólogos.
Pronto surgieron múltiples casos de no correspondencia entre el dolor experimentado y la intensidad del estímulo nocivo o la magnitud de la herida (Brena, 1978; Smith, Merskey y Gross, 1980) que ponían de manifiesto la insuficiencia del modelo médico de enfermedad y las aproximaciones centradas sólo en los aspectos sensoriales para abordar la compleja experiencia del dolor. El mantenimiento del dolor una vez bloqueadas las vías de transmisión (como en el dolor del miembro fantasma), así como la importancia del contexto en la percepción del dolor (por ejemplo, un jugador de fútbol puede no sentir el dolor de una lesión hasta después de haber finalizado el partido) o la desaparición de éste por medio de hipnosis, placebo o sugestión, etc., lleva a los investigadores clínicos a considerar factores distintos de los fisiológicos en el estudio del dolor (Holzman y Turk, 1986).
En muchos pacientes el dolor persistía refractario al tratamiento médico estándar, con una incapacidad superior a la que cabría esperar sobre la base de la patología física identificada, y se observaban, a menudo, trastornos emocionales y psicológicos. El diagnóstico y tratamiento de estos pacientes con dolor crónico se asignó inicialmente a los psiquiatras, que ofrecían sólo una pequeña ayuda práctica, y pronto los psicólogos llegan a estar significativamente implicados (Sternbach, 1982). Autores como Fordyce, Fowler, Lehman y Delateur (1968) y Fordyce (1976) con la introducción del modelo de aprendizaje en el estudio del dolor crónico, y Melzack y Wall (1965) con su teoría de la puerta de control marcan la incorporación de la psicología en la explicación y tratamiento de numerosos síndromes de dolor. La psicología clínica, fundamentalmente desde la década de los años sesenta, ha aportado nuevas alternativas teóricas y metodológicas junto con numerosos instrumentos de evaluación de múltiples aspectos del dolor, siendo el psicólogo el especialista relevante en el entrenamiento adecuado de los problemas de dolor crónico (Donker, 1991).
En la actualidad, el dolor crónico continúa siendo «uno de los problemas más urgentes de nuestro tiempo» (Bonica, 1974). En el Congreso Mundial sobre Dolor de 1983 en Seattle (Estados Unidos) se manifestaba que el dolor en conjunto representa un coste superior al de las enfermedades cardíacas y el cáncer, ascendiendo los gastos de terapia, bajas laborales e invalidez temprana de treintaicinco mil a cincuenta mil dólares anuales. Sólo en Estados Unidos, por ejemplo, se estima que hay entre veinte y treinta millones de enfermos de artritis, con seiscientas mil nuevas víctimas cada año (American Arthritis Foundation, 1976). Aproximadamente veinticinco millones de personas, también en este país, padecen migraña (Paulley y Haskell, 1975), y al menos ocho millones de consultas médicas anuales se producen debido al dolor en la parte baja de la espalda (Clark, Gosnell y Shapiro, 1977). El dolor, por lo tanto, constituye un problema tanto social como individual en términos del sufrimiento de los pacientes, el impacto sobre sus familias, el tiempo de trabajo perdido, los gastos médicos, los costes asociados con la indemnización de la incapacidad y la sobreutilización de los servicios del cuidado de la salud (Donker, 1990a).
La investigación, evaluación y tratamiento del dolor crónico se han convertido en el tema principal de las más de quinientas unidades de dolor que existen en todo el mundo. En éstas, se atienden condiciones como el lumbago, dolor de nuca y hombro, artritis, amputación de un miembro, herpes, jaquecas, neuropatías, traumatismos, cáncer, y otras. En las dos últimas décadas el auge de las aproximaciones multidimensionales y las estructuras causales complejas (Melzack y Wall, 1965; Sternbach, 1968; Chapman y Wyckoff, 1981) van a determinar una forma de evaluación y tratamiento centrada tanto en las variables del paciente como del contexto. Esta orientación interdisciplinar se muestra como la más fructífera en las denominadas unidades integradas de dolor, destinando a las profesiones médicas y psicológicas a colaborar más estrechamente que, quizá, en otra área de salud (Muse y Frigola i Mussons, 1991). El fruto de esta cooperación puede verse en centros como la Unidad de Dolor del Hospital St. Joseph, en Eindhoven, Holanda (Donker, 1990b), el Emory University Pain Control Center y el Pain Control Center en La Cross, Wisconsin, dirigido por Shealy.
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